Leyenda e historia de amor

Leonel José Pérez Peña
ljpp043@nauta.cu

Esta es la Cruz del barrio homónimo del poblado de Las Parras; está  ubicada en el patio de la vivienda  número 53, de la calle 39, perteneciente a la señora Edilma Pérez Rodríguez. En la actualidad  se proyecta una  investigación con la intención de precisar, a partir  de las diversas disciplinas científicas, la veracidad de la información que aporta la tradición oral que asegura fue ubicada en el lugar  por las encomiendas de evangelización en los tiempos de la conquista.

La espesura del bosque es dominante, solo desafiada por la llanura que lo sostiene y los arpegios emanados de las múltiples aves y alimañas que él fomenta. Los lugareños han levantado sus bohíos aprovechando los troncos y las ramas de los árboles y siguen bebiendo en la misma jícara de sus antepasados arahuacos[1] la esencia para su apacible vida; de ellos heredaron la sapiencia para obtener las bondades de la floresta, del río y su diversidad de peces, su agua fresca, tan fresca y exquisita como las frutas que en este edén tropical abundan.

Esta generosa explanada resulta de los remanentes de las cordilleras del sur oriental, o quizás por el capricho de juntar las aguas, los árboles, los animales y los hombres, para que  se enseñoreen  de todo. Planicie que viaja desde el centro sur oriental y colisiona con las serranías que brotan del costillar del  Camagüey.

Aquí, en las noches de luna nueva, cuando losara huacos moraban estos parajes, se dejaba escuchar el sonoro guamo, llamando a sus dioses y, luego, el tambor mayohuacán, los cantos y bailes. Con su mejor plumaje, siempre el cacique Jibacoa[2]encabezaba la ceremonia acompañado de su hija Yahíma: —los lugareños de hoy conocen esta historia extraordinaria de afecto, amor y respeto entre el gran guerrero y su primogénita—. Así fue siempre, y así lo cuentan aún  los abuelos; por sus bocas se aprendieron estas historias.

Una noche de aquellas, quizás orientados por el jolgorio del areíto, llegaron unos hombres extraños; agotados y hambrientos, y aunque hablaban otra lengua, la hospitalidad no faltó. Yahíma, espléndida, brinda alimentos y afectos. Jibacoa, cauteloso trata de entender lo que ocurre en su entorno. Sus ojos alarman su cuerpo cuando el más mozo de los llegados es inusualmente atendido por la hija.

Esa noche nadie fue a las hamacas, todo el tiempo marcó el intento de comunicación; con el alba todo se supo, aquellos hombres vinieron a evangelizar a los nativos. Nada sabían los arahuacos de aquel término, pero muy grande fue la voluntad de establecer una relación entre las partes, a tal punto que Yahíma y el elegante mozo llegado con  los hombres blancos, alcanzaron milagros y lograron  intercambiar palabras, sonrisas, cantos y bailes, hasta producirse por primera vez el hecho en medio de esta espesura –con los días de convivencia–: todos juntos le cantaron a Dios Padre y a la Santa María. Nuevamente ellos dos, movidos por esa sinergia que anima el amor, movilizaron a los guerreros de la tribu y a los evangelizadores y se internaron en el corazón de la espesura en busca del más alto y resistente caguairán para armar la gigantesca cruz[3]  que  ubicaron en medio de la aldea, como símbolo de la existencia allí de un pueblo cristiano.

Junto a la colocación de la cruz, vino la ceremonia del bautizo. Allí estaba el cacique Jibacoa, inmensamente receloso por los destellos nunca antes vistos en el alma de su hija. Llegado el momento, el más joven de los hombres blancos, quien resultó ser el ayudante del sacerdote y fue él, quizás por súplicas al padre divino, quien virtió el agua bendita sobre el cuerpo de la muchacha y, luego ungió su frente con aceite. El cacique Jibacoa dominó la convulsión que intentaba subyugar su cuerpo, al contemplar a su hija, cual tórtola, aleteando de alegría en lo más profundo de su ser, cuando el hombre blanco fijó sus ojos a los de ella mientras decía; «te bendigo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»

El cacique no entendió nada de la ceremonia, ni tampoco porqué desde ese día tenía que aceptar lo que el hombre blanco le dijo, «amarás a tu Dios por sobre todas las cosas». Pero su confusión mayor la ocasionaba su hija. Ya no pasaba la mayor parte del tiempo a su lado: ya su interés era otro.

Cumplida la misión evangelizadora, algunos de los hombres blancos se marcharon rumbo al norte, entre ellos, el más mozo.  Al llegar la despedida, Yahíma le rogó al padre que le dejara ir con ellos, que era algo muy importante para ella, que se avecinaban otros tiempos. Otra vez el cacique no entendió nada, ¿cómo dejarla ir?

Los nuevos tiempos tienen que ser como los de siempre –dijo ceñudo Jibacoa– y le impidió marcharse con el hombre blanco. No fueron suficientes los lamentos, ni que las lágrimas se mezclaran con las aguas del río, como si así estuviera bendiciendo los tiempos por vivir. Tanto fue el llanto que, para no verla llorar más  y, al mismo tiempo, no claudicar en su decisión, Jibacoa tomó a su hija y con ella se marchó, abandonándolo todo, dejando clavada en medio de su aldea la gigantesca cruz que se erigía como el fin de la apacible vida en estos lares.

Estas personas forman parte de una familia nativa de Las Coloradas, próspera zona agropecuaria a unos cinco kilómetros del Barrio de La Cruz, la que se mantuvo virgen hasta 1900, fecha en que se inician los desmontes de la rica selva precolombina en las riberas del Majibacoa, para la construcción del ferrocarril central y el posterior desarrollo agrícola de la zona. Se estima que por las características externas: piel cobriza, pelo laceo y nariz perfilada, como describiera a los nativos de la isla el Almirante Cristóbal Colón, ellos pueden ser descendientes irectos de los arahuacos primeros pobladores de esta planicie; en la actualidad es impostergable un estudio, desde la perspectiva interdisciplinaria de la comunidad científica, para determinar la objetividad de este trascendente tema.

Y aun hoy se habla de aquella historia de amor, de la decisión de su cacique y la gigantesca cruz que permanece allí como testigo de esta historia que hoy escribo, porque hasta ahora solo corría de boca en boca con todas sus posibles deformaciones, a tal punto se fue transmutando y ya los últimos en enterarse, no comprendían bien si se trataba de una o de dos personas. Tanto fue el apasionamiento de los narradores, que terminaron mutilando los nombres hasta quedar, para los tiempos de los tiempos, el nombre de Majibacoa[4].

 


[1] Los arahuacos o aruacos, es el nombre de los aborígenes  que poblaron esta vasta zona y se requiere realizar un estudio para hallar evidencias que confirmen su presencia en el territorio, ya que en la actualidad en la Comunidad de Las Coloradas, a unos cinco kilómetros del lugar, habita una familia con las características físicas descrita por el Almirante Cristóbal Colón en su diario del primer viaje a las Indias. Tomado del documento “diagnóstico sociocultural del territorio”. Dpto. Técnico Artístico, Cultura Majibacoa, 2014.

 

[2]Según la leyenda popular  que forma parte de la memoria histórica de los majibacoenses, Jibacoa era el cacique que dominaba  la planicie de la zona y con la llegada de los conquistadores españoles, surge una historia tan fuerte que protagonizan el cacique y su hija Yahíma, la que  fue conservada y trasmitida por la tradición oral de generación en generación y por la corrupción lingüística de los hablantes al hacer la sinalefa de los  nombres Ya-hí-ma-y-Jibacoa, se produce una nueva voz que se toma como topónimo de la comarca: Majibacoa; Ibídem.

 

[3] En el poblado de Las Parras hay un barrio denominado La Cruz, nombre que adquiere por estar ubicado allí ese símbolo cristiano  desde los tiempos de la conquista, según la opinión  popular, que asegura fue ubicada por las encomiendas de evangelización. Nota del autor en entrevista con portadores de la tradición en su archivo personal, 2005.

 

[4] El término Majibacoa forma parte de la toponimia cubana, denominando una hacienda de este territorio y al río que fertiliza sus tierras. Forma parte del legado lingüístico de los aborígenes que poblaron estas tierras. Su significado es <tierra entre aguas> aunque el imaginario popular proclama que la localidad adquiere el nombre por la leyenda, lo que constituye un legado de la tradición oral. Tomado del documento “diagnóstico sociocultural del territorio” Dpto. Técnico Artístico, Cultura, Majibacoa, 2014.

 

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