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Belleza singular exhibe la ciudad de Las
Tunas cuando despierta. Una belleza que escapa de su ecléctica
arquitectura, las esculturas que nos distinguen o el inmenso
caudal de tradiciones materiales y espirituales de profundo
arraigo campesino, para fundirse con la sencillez e ingenio
de sus moradores.
Personajes pintorescos invaden la cotidianidad, esos que la
gente ya bautizó de manera especial y hoy no necesitan
sus nombres para ser reconocidos al instante. Aquellos que,
a pesar de su ausencia física, se mantienen en el recuerdo
de los tuneros de viejas y nuevas generaciones para enriquecer
el acervo cultural de este pueblo y enorgullecernos de vivir
en él.
Quienes aquí habitamos somos portadores de una rica herencia
que nos legaron los nativos, los mambises, los obreros, los
hombres y mujeres de la campiña, cuyo sueño y
empeño fue la edificación de una ciudad libre:
Quemada antes que esclava. Y así, sin proponérselo
forjaron una identidad y moldearon una idiosincrasia.
Pueblo de cantores y poetas deviene Las Tunas. A cada paso salen
a la luz de las enseñanzas de antaño. Voz y puño
se funden para defender el canto inspirado en el paisaje, en
la hermosura del entorno que lleva la impronta de sus parajes
naturales.
Fiestas del Folklore aquí tienen ingredientes de tonadas,
música afro, haitiana, tangos y rancheras que se unen
a otras que nos dignifican aún más con los acordes
de la Caldosa.
La vida en este pequeño sitio del archipiélago
cubano transcurre apacible, ser laboriosos nos impulsa al desarrollo
y el amor por este terruño nos convoca a elevar el sentido
de pertenencia que no merma con la palabra guajiros, sino que
nos enaltece.
Así somos los tuneros, fieles, nobles, rebeldes, revolucionarios,
entusiastas. Sabemos convertir lo gris en colores más
destellantes cuando de marchas revolucionarias, carnavales,
fiestas cederistas, semanas de la cultura y Cucalambeanas se
trata.
Anfitriones que dejamos marcados recuerdos felices y deseos
de volvernos a visitar. |