MANATÍ, FÚTBOL Y DANZÓN SOBRE RIELES.
Por: Nelton Pérez Martínez. (1970) Narrador y Poeta.
Para Frank Folgueira y Juan Moralit(r)o

En Manatí los muertos ya no son llevados en tren al cementerio. La procesión de dolientes por las calles cargaba el ataúd en hombros hasta la estación donde esperaba una puntual locomotora con una casilla y dos vagones para pasajeros. Primero subían al muerto y las coronas de flores en la casilla, luego quienes le acompañaban abordaban los vagones. Los ferrosfunerales manatiénses, esa tradición única en Cuba, no hace mucho se abolieron tras la llegada del carro fúnebre; y hace muy poco se arranco la línea del ferrocarril que hacia ese trayecto, ya desde algunos años el tramo sobreviviente de la otrora y legítima entrada al pueblo. Íbamos y veníamos a Manatí en tren, sobre rieles.

En Manatí ya no volverá a caer bagacillo ni habrá zafra, el olor a meladura irá apagándosenos en la memoria. Los viejos olvidaran comprobar la hora en sus relojes de bolsillo por el aviso del cambio de turno en el central. ¿Y qué haremos con tantos cañaverales? No queremos saber.

Mi casa, de mampostería y placa, era una rareza en medio de aquellos barrios alineados por bungaloes de tabloncillo con buhardillas y columpios en los portales, orillados de frondosos y sonoros laureles y álamos temblones. Las casa de madera de mi abuela, de mi madrina Aurora, de Lupo Esteling, a sólo dos cuadras de la mía, estaban más al centro del batey.

Ese batey que luego mis amigos llamarían nuestro vedado en franca y temeraria emulación con la Habana.

En una visita de nuestro rey del Danzón a casa de mi abuela Lila, Barbarito Diez y yo hicimos chinchín cada uno con una botella de refresco de piñata, mientras su hermano Neno Diez y mi tío Nelson bebían ron. “Barbarito se cuida la voz”, dijo alguien a mi lado y salí de mi asombro ante aquel negro alto de ojos tristes que me sonreía.

Al atardecer, por la línea del ferrocarril, regresaban rapiñando los retoños de hierva de guinea decenas de reces cebú blancas, “las vacas de Arturo”, decían todos. Y por el mes de mayo con los primeros truenos aparecían los cangrejos extraviados de la corrida y los padres partían entonces con sacos a la casería, y comer enchilado con fufú de plátano. Los mosquitos, si había calmazo, se enseñoreaban en nubes de miles. Mi madre, ocurrente y presurosa, haciéndonos abandonar el portal, decía: “A ver, muchachos que si no cerramos la puerta estos mosquitos nos sacan en procesión y nos dejan con anemia”.

Pero no todo era mosquitos y bagacillo en Manatí; los cables del tendido eléctrico parecían un pentagrama para el vuelo en tijeras de las golondrinas y aunque no estuviéramos en zafra el aire siempre olía a meladura, al guarapo color churre y dulcísimo de la guarapera Fraga, que fue de la familia de Don Manuel Fraga Irribarne, presidente por tantos años de la Xunta en Galicia. Las garzas cruzaban el cielo al atardecer y los niños damos fuertes palmadas al aire, gargareábamos con la lengua como Árabes o Indios para desviar la coreografía perfecta del vuelo en bandada. El estadio bullía y enmudecía como las calderas del central todo los domingos de fútbol, de topes cortos y goles sudamericanos con solo se hacían allí en los pies de Panchín, Pepito Verdecía, Jaimito, Javier Galguera, Cesar (O’ rei Paje) y Puyuyo Fentón, Urbano Ancle y Monguín Núñez aleas Ramón, al que se llegó a creer un Ruso infiltrado, el diez del equipo Cuba en la Hexagonal de Honduras en 1982 (también llamado pre-mundial), que otorgaba la plaza de Centroamérica por área de CONCACAF para el mundial de España de ese mismo año. Monguín, con la misma edad y posición de juego, con sus goles, quedó mejor centro delantero, y dejó fuera del equipo Todos Estrellas, en el banco de suplentes, al que sería el pichichi de tantas temporadas en la liga Española con el Real Madrid, el goleador mexicano Hugo Sánchez.

Cuánto se echan aún en falta las ocurrencias opositoras del gallego Bellón, que repetíamos escondidos con nuestros mayores; el miedo infantil a Juan a la Mocha; las canciones y aventuras del dúo Yule y Colorao junto a Pedrito García; las andanzas y la voz ronca de Nano, el del Puerto; y Juanboy, que se refería a el mismo en tercera persona; y Carmelo Olangua, el Cara de lápiz, que nos patento a los manatienses la frase de bebedores insuperables, los irlandeses cubanos ¡porque tenemos garganta de níquel!; y Freddy Cole, el hombre bocina en el estadio de fútbol. Y a Retroceso, toda una parábola local, este hombre que aún camina para atrás de tanto comer cangrejo, dicen, y a muchos otros locos y cuerdos, algunos que ya no están. “¡Mátame tren de la una!”, se grita allá por lo bueno y por lo malo.

La casa de madera del marques de Aguayo, devorada por las llamas sólo unas horas después de ser reconocida como la más hermosa del país ese lunes funesto en que apareció un artículo a toda página en la edición dominical del Juventud Rebelde; “Un puerto de mar encantador” que fue el Río de Mares de Colón y es segundo en calado natural, y nuestro rentable ferrocarril de Manatí que pagaba la reparación y mantenimiento del Central, el Central más moderno del mundo en su tiempo y también el más grande de Cuba con sus casas de ingenio, palacetes, cañaverales y almacenes Lengua de Pájaro y un equipo de locomotoras únicas, exclusivas. Manatí, querido Manatí… ya no es el Manatí de mi padre, tampoco es el Manatí de mis abuelos, queda ¡eso sí!, el patrimonio de la memoria. El Manatí en fotografías del museo y los amigos que me cuentan su historia. Uno nunca deja de ser el pueblo en que vivió la infancia. Siempre, ante una anécdota de tal o más cual pueblo, levanto la comisura derecha de mi boca, incrédulo.

Mis locos son los más geniales, mi fútbol, mi parque y las calles de Manatí, las cuatro chimeneas que tubo el Central durante mi adolescencia, casi me hacen sentir lastima de Pisa y París.

A este Manatí ensoñador de muchachas seductoras y vacaciones de verano siempre quiero regresar como pasajero del tren el Viajero. La locomotora entra pitando por el rumbo del cementerio y el reparto La Hortensia, los rieles chirrían y huelen dulzones, y yo tarareo Manatí…, querido Manatí…, el danzón que cantaba Barbarito, ansioso por ver en el horizonte de cañas y marabú, todavía, las chimeneas humeantes de aquel central nuestro.

Tomado de La Gaceta de Cuba. Septiembre – Octubre 2005.

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